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Con Chávez bien cerca

March 5, 2014

Aquel día parecían tejerse cadenas humanas a lo largo de la carretera rumbo al municipio de Sandino, en Pinar del Río. Nadie quería dejar de ver a Fidel; nadie quería perderse a Chávez. Era el 21 de agosto de 2005 cuando el entonces Presidente de Venezuela confirmaba al máximo guía de la Revolución Cubana un deseo cumplido: «Ya soy pinareño». Todos recuerdan a ambos líderes en el yipi descapotable, mientras saludaban a un mar de pueblo a ambos lados de la calle; nadie olvida el Aló, Presidente con la usual jarana llanera, el recuento histórico y la visión de futuro; o el bálsamo que trajo a más de cien familias, gracias a la inauguración de la Villa Bolívar, una de las obras de la Revolución sudamericana en suelo patrio. Cada cual tuvo su pedacito de Chávez, pero a aquella periodista, que en la inesperada parada de San Juan y Martínez quiso fungir de escolta y con los brazos abiertos intentaba salvaguardar al líder de la enervada afluencia de público, ese día nunca se le olvida.

Cuenta la reportera Blanchie Sartorio que al detenerse la caravana en una calle principal del poblado, por un necesario doblez para continuar vía, Chávez no se conformó con solo devolver saludos en el aire, y de un salto desconoció los consejos de seguridad y se situó, sin preocupación, en plena avenida, para estrechar manos y dar besos. «Tomó San Juan y Martínez, sin armas y a puro afecto. De pronto se paró frente a mí y lo vi desprotegido, solo, mientras una multitud llegaba frenéticamente, para verle de cerca, apretar palmas y hablarle. No atiné a más y abrí mis brazos como si fuera a protegerlo de quienes detrás de mí lo aclamaban», recuerda Blanchie. Sus manos sencillas se situaron para salvaguardar una figura que le doblaba en peso y altura. Chávez «se regalaba» en cariños, saludaba a todos. «Los niños, vengan a mí», decía, y no dejó mano abierta, ni elogio sin respuesta. Y ella, la consagrada periodista devenida espontáneamente guardaespaldas, solo se mantenía con los brazos abiertos para que la empatía no fuera demasiado invasiva. Era el Bayamo occidental que clamaba al adalid venezolano. ¿Quién podría hacerle daño en una tierra que le veneraba? «Fue tanta la emoción ante el solidario visitante, que así permanecí todo el tiempo sin atinar al saludo», recuerda. A solo metros, cuando ya el recorrido retomaba el curso, sentado en la acera, su hijo no podía creer lo que había vivido. «Le di la mano a Chávez», repetía. «Sus manos buscaban las mías para resarcirme, porque yo tan cerca no pude lograrlo», cuenta. Todos tuvieron un pedacito de él; todos guardaron para sí una imagen perdurable del hijo pródigo de Bolívar. Blanchie sabe que nunca podrá ser más su «guardaespaldas». Hoy recuerda y solo se lamenta un poco de la mano no estrechada, en tanto el hijo la consuela rápido: «Mami, no te preocupes, acuérdate de que lo saludé por ti». En la puerta de mi casa Era demasiado el nerviosismo aquella noche y Lissett Ponce Rancel solo atinó a esconderse cuando los vio acercarse. A sus 25 años y a pocas horas del estreno de un nuevo hogar, en Cienfuegos, no podía imaginarse que vería tan cerca a Hugo Chávez y a Raúl Castro, y mucho menos que los invitaría a sentarse en la sala de su casa. «Pensé que irían a la del frente, porque les quedaba más cerca, pero Chávez sorprendió a todos y se desvió hasta acá. Lo recibieron mi esposo y mi suegra, y cuando los vi parados en el portal salí a la puerta: entonces ya no me separé de ellos. «Lo primero que hizo fue preguntarnos si estábamos a gusto con la petrocasa, y entonces quiso saber en qué trabajábamos. Cuando le comentamos que éramos maestros se alegró mucho. Nos habló como si nos conociera de toda la vida», dice Lissett emocionada. Junto a los adultos estaban también su hijastro Reynaldo Javier y su sobrina Yailenis, a quienes Chávez preguntó por sus preferencias. «Indagó sobre los gustos de ambos y cuando supo que al pequeño le encantaba la pelota se puso muy contento porque coincidían en gusto, y alentó a la niña a seguir su sueño de ser bailarina, “porque el ballet es muy bonito y las mujeres se ven muy femeninas”, le dijo». Luego pidió permiso para dar un recorrido por el inmueble y ver cómo había quedado. «Le llamó la atención la seguridad del sistema de ventanas y los dos baños de la vivienda —uno adicional en el cuarto matrimonial—. “¡Qué detalle!”, comentó. Además se sorprendió con el patio fuera de la casa, y le explicamos que en Cuba las mujeres están acostumbradas a lavar afuera. Le gustó mucho esa adaptación que no tenía el proyecto original. «También se detuvo ante el diseño de los muebles, y entonces lo invitamos a sentarse para que los probara. Allí en el sofá nos apretamos todos para hacernos una “foto de familia”, que luego él mismo nos envió. Esa imagen junto a Raúl y a Chávez es uno de mis recuerdos más preciados». Como si no pudiera creerlo, Lisset no se apartó ni un instante del inesperado visitante. Sabía que tenerlo en la sala de su casa era un privilegio que muy pocos habían disfrutado. Lo tocaba una y otra vez porque no podía creer que estuvieran los dos Presidentes en su hogar. «Voy a darle un beso a Chávez, no te pongas bravo», le dijo a su esposo. «Tuve que pararme en puntillas para abrazarlo porque soy bien chiquita y él era muy grande». Han pasado siete años desde aquel martes y Lisset recuerda todo con exactitud. «No voy a olvidar nunca aquella visita. ¿Cómo podría hacerlo? Todavía cierro los ojos y me imagino escondida, viendo a Chávez llegar a la puerta de mi casa». Vamos a tomarnos un café Desde sus bellos ojos asoma una vivacidad impresionante, mientras la expresión del rostro reafirma esa emoción con que va desgranando cada palabra de aquel encuentro con el Presidente venezolano. Lo tiene prendido en la memoria Ismary Fernández Sáenz, especialista principal del Complejo Escultórico Comandante Ernesto Che Guevara, de Villa Clara. Ahora evoca la alegría por esa oportunidad excepcional que tuvo de atenderlo el 14 de octubre de 2007, en el Museo del Memorial. «Estaba un poco nerviosa, pero Chávez de inmediato estableció un diálogo fluido que comenzó con aquella frase: “¡Pero qué bonitas son las santaclareñas!” «Entonces me dijo que no iba a ser como Fidel, que siempre le gustaba preguntar mucho. Y de inmediato nos contó que cuando ambos visitaron Alta Gracia, en Argentina, la casa donde vivió el Che, Fidel indagó hasta cuánto costaba un pasaje en aquella época, detalles sobre la casa… «Chávez era una persona muy agradable y comunicativa, que te trataba como si lo conocieras de toda la vida. Él preguntaba y al mismo tiempo trataba de ayudarte a dar la respuesta, y así iba facilitando el diálogo. Y uno se sentía muy bien. «Decía cosas con las que una se quedaba reflexionando. Luego de apreciar una carta del Che a su tía Beatriz cuando tenía cinco años, comentó que la firma parecía un remolino. «Durante el recorrido se fijaba en cada muestra, en cada detalle; de súbito dijo: “Vamos a tomarnos un café. Allí mismo lo compartimos”. En ese momento le informaron que era hora ya de empezar su programa radiotelevisivo Aló, Presidente. «¡Qué sorpresa! Entonces me tiró el brazo por encima y comenzamos a caminar hacia afuera de la plaza. En ese instante me hizo una confesión: “Fidel me dijo que tuviera cuidado al caminar, pues la plaza tenía muchos escalones”. Le respondí que no se preocupara, que no iba a pasar nada, porque nosotros estábamos allí para cuidarlo». Un barrio con sabor Todo el calor y la espontaneidad de aquel humilde barrio santiaguero se agolpaban en la avenida para recibir al amigo. Negros, blancos, chinos… de risa franca, mirada pícara y rítmico andar; espigadas mulatas sandungueras y voluminosas señoras; el pionero, la abuela y el combatiente… Acostumbrado a intercambiar de tú a tú con la historia y los grandes momentos de esta ciudad oriental, el Paseo Martí, ruidoso y singular corazón del afamado barrio de Los Hoyos, vestía sus mejores galas para saludar y dar la bienvenida, como todo Santiago, al Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Por eso, cuando al final de aquella mañana de diciembre de 2007 la caravana procedente del cementerio de Santa Ifigenia avanzó Martí arriba, la calle fue un rugido de aclamación, puño, mano extendida y corazón latiente, en el que también iban el toque del quinto y la corneta china, el olor a vencedor y a cascarilla, el paladar quemante del buen ron santiaguero. «Epa, muchachos…», les decía todo emocionado el Comandante desde el yipi, en el que viajaba acompañado por Raúl. Un mar de pueblo le reciprocaba con las mejores muestras de cariño y admiración, esas que solo sabe dar a quienes siente cercanos. Fueron minutos de extrema identificación y profunda empatía, que ya al final del tránsito por el Paseo, en la intersección de Martí y Calvario, hicieron al visitante, incapaz de contenerse más, detener la caravana y fundirse en aquel mar de afectos. Al final de su recorrido, Chávez contaría entre risas sobre su paso por el Paseo Martí y aclararía que si viviera en Santiago le gustaría tener una casita allí en el barrio de Los Hoyos: «Un barrio con sabor». Del otro lado, en el recuerdo hondo de los habitantes de la jacarandosa barriada santiaguera empezó a tejerse una leyenda: la de aquel día en el que Chávez detuvo la caravana y bajó para saludar a los vecinos del lugar donde confesó le gustaría vivir, la misma que sigue avivando el amor hacia ese hombre tan grande como sencillo. Y hasta provoca las más enconadas polémicas: «Por aquí caminó, que yo lo vi»… «Eso no es cierto, él solo bajó unos segundos para saludar»… «Yo sí que lo vi de cerquita; él le dio un beso a mi nieta Ana de la Caridad, que era entonces una pionera». Así late el recuerdo de Hugo Chávez Frías entre la gente humilde y espontánea de Cuba. Cada paso suyo por esta tierra quedó perenne en la memoria del pueblo, que a un año de su partida física revive la grandeza del mejor amigo.

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